Cuando desperté en la mañana y abrí los ojos, estaba entre los brazos de Alexander.
Enterré mi cara en su cuello mientras le acariciaba el pecho. No quería levantarme, no quería despertarme; quería quedarme ahí, entre sus brazos, para siempre. Porque despertar nuevamente a la realidad era una pesadilla. Era como si cuando estuviera en la cama durmiendo fuera realmente el bonito sueño, y al despertar entrara a una pesadilla: la pesadilla sin mis hijos, mi abuelo, una vida con riesgos y caos.
Deb