Pude sentir el terror en el tono de voz de Alexander cuando gritó el nombre de Gabriela, y yo me abracé a mí misma en el lugar donde estaba. Pude ver en sus ojos que aquello no había sido nada bueno, y cuando cortó el teléfono y volteó a mirarme, lo supe en su mirada.
— ¿Qué pasó? — le pregunté, aunque sabía que la respuesta podría asustarme.
— Es Gabriela. Ayer que me contó la verdad, la desterré de la ciudad, le dije que no podía volver nunca... y ella acaba de llevarse al pequeño Esteban.