Corrí hacia la puerta de la casa con mi perro en brazos, sintiendo cómo el fresco aire de la noche me devolvía poco a poco la lucidez.
¿Qué acababa de pasar? Era un accidente, pero me sentía como si hubiera cometido algún tipo de ofensa imperdonable. ¿Qué pensaría Sebastián de mí?
¡Yo no tenía ningún interés en él!
Me abofeteé suavemente las mejillas, que aún sentían el calor del bochorno, tratando de sacudirme el sentimiento de vergüenza. Parecía una adolescente avergonzada, ¡y eso no tenía sen