A los dos de la mañana, exacto, Rudolph fue a la mesa a tomar su café y cuando se sentó en su silla, recién me vio. Yo estaba en un rincón del comedor, con los brazos cruzados, furiosa, con mi rostro fruncido, mis pelos revueltos y mis ojos hechos fogatas. Tenía mi corazón acelerado y no tenía miedo ni pánico ni temor porque estaba realmente colérica, igual a una ola a presión, pensando y volviendo a pensar que mi marido, a quien me había entregado con mucha devoción, al que idolatraba y lo