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Enzo
Teo respira con dificultad, sus ojos están fijos en mí, mientras mira mis movimientos. Su labio sangra y tiene un ojo morado. Lian se acerca y con voz firme me pide que me detenga.
Le doy un golpe que lo deja en el suelo
—Alfa, basta—, me dice Lian, poniendo una mano en mi hombro. —Ya es suficiente. Teo no puede defenderse—.
Me detengo, jadeando, y miro a Teo en el suelo. Me doy cuenta de que me he pasado de la raya. Teo está malherido y no puede defenderse.
Lian s