XIX. Las desgracias vienen de a dos
Salí al pasillo y di un largo suspiro, sintiendo que me quitaba un gran peso de arriba y me alejé de esa sala, por supuesto seguida de mi fiel cola.
Ya que estaba en la compañía, decidí pasarme a saludar y a la vez supervisar el trabajo de todos, ya saben como dicen por ahí, el ojo del amo engorda al caballo, y esta ama era muy perezosa, menos mal que mi padre dejó a personas fieles y competentes para dirigir todo como reloj suizo.
Satisfecha por como procedía mi negocio y como había cerrado u