‘¡Dios ayúdame! Espero no terminar asesinando a este hombre antes de recuperar mi empresa,’ suplicó Eloise en su mente, con la sangre hirviéndole mientras lo seguía hasta el último piso del edificio.
Apretando los dientes y cerrando el puño, no podía prestar atención a las miradas que recibía de los empleados en ese piso. El edificio estaba silencioso, salvo por el suave roce de papeles mezclado con el constante tecleo de los teclados.
“Buenos días, señor,” una dulce y pequeña voz femenina d