La lluvia caía fina y persistente, tamborileando sobre el ala del sombrero de cuero de Taylor Remington mientras atravesaba el pastizal embarrado a caballo, maldiciendo entre dientes a cada paso que el animal daba entre el barro y las espinas. Estaba empapado, helado hasta los huesos y con un humor peor que el de un toro enfurecido.
—Maldito Cleberson y su corral podrido… —gruñó, escupiendo el agua de la boca—. La próxima vez dejaré que el ganado invada el patio de su casa. Y, quién sabe, que t