Daemon sostenía un chocolate para Belén que no aceptó.
—¿Cómo diablos entraste? —pregunté en voz alta al llegar a la sala, agarré a mi hija y lo jalé detrás de mí.
El gesto llamó la atención de Daemon, y se quedó mirándolo fijamente. Se aclaró la garganta con calma y se ajustó la chaqueta, colocando las manos en la cintura después de dejar los chocolates sobre la mesa.
—No me colé como un ladrón ni nada. Vi la puerta abierta, así que entré —explicó con un tono insolente.
Sonaba más arrogante qu