Había regresado con una caja de juego de mesa. Llevábamos jugando unos minutos y me di cuenta de que no había cambiado nada en cuanto a ser travieso.
—Había olvidado lo divertido que solía ser esto —dijo Elian con entusiasmo.
—Sí, recuerdo que solías hacer trampas —respondí.
Tan pronto como dije eso, frunció el ceño juguetonamente.
—Nunca hice trampas —insistió.
Lo dijo con tanta seguridad que puse los ojos en blanco. Ambos tomamos las pequeñas fichas de madera.
Yo escogí la azul, mientras que