Rosalin, caminaba por una concurrida avenida de Nueva York. Iba rumbo al atelier. Había pasado un mes desde que se vino de Cunnecticut. Esa mañana, tenía unos cuantos pedidos que terminar y una novia se iba a medir su vestido. Clarise y ella trabajaban muy bien juntas y dirigían el equipo de costureras.
Rosalin entró al atelier. Saludó a todas las costureras y entró a la oficina donde estaba Clarise esperándola con un café.
-¡Buenos días! –
-¡Buenos días! – Dijo Rosalin tomándose el café y sobá