Jaqueline
Del otro lado de la línea, la voz inconfundible de Julio César hizo que mi corazón se acelerara.
—¿Jaqueline? ¿Estás bien? Soy yo, Julio César…
Mi mano tembló por un instante. Miré el reflejo en el espejo y encontré a Alexandre observándome con atención, como si presintiera que algo no andaba bien. Tragué saliva y, sin tiempo para pensar demasiado, acepté.
—Ah, sí, estoy bien. ¿Dónde y cuándo?
—Mañana, a las tres de la tarde, en la Fundación Nolasco. Te enviaré la ubicación. Te espero