David acaricia mi cabello con ternura. La habitación se llena de un silencio que solo es interrumpido por nuestras ligeras respiraciones.
— Sabes, a veces siento que el pasado sigue persiguiéndome, que no merezco ser feliz después de todo lo que ocurrió con mis hijos —susurra, su voz cargada por tanto peso.
— Todos cometemos errores, David. Pero eso no define quiénes somos. Has luchado, has hecho todo lo posible por tus hijos, y por supuesto que mereces ser feliz.
La tensión ha desaparecido de