—¿Qué falta?
—Mañana comenzarás a frecuentarlo.
Ailen prácticamente se incorporó del sofá.
—¿Tan pronto?
—No tenemos tiempo que perder.
—Me encanta.
—Lo imaginé.
La emoción que reflejaban los ojos de Ailen resultaba casi infantil. Pero no era amor lo que sentía. Era ambición. Una ambición eno