Tuve ganas de darle un puñetazo a Isabella al darme cuenta de que, después de mis palabras, su ego creció aún más descontrolado.
— ¿Entonces no estaba triste de verdad? — Laura me preguntó de repente, sacándome de mi buen momento. Estaba mirando a mis bebés alegremente, e ignorando a Isabella a propósito.
— Nunca creas en Isabella. — Fue todo lo que dije a Laura, alertándolas para su bien.
Sin más preguntas, Laura y Celma asintieron, tomando mi alerta en serio – tan en serio que empezaron a mir