Saber que el miserable Egorov había conseguido de Isabella lo que yo había tardado meses en tener de Luisa me causaba un odio sin precedentes. Maldita sea Isabella por no tener la decencia suficiente para mantener las putas piernas cerradas.
— ¿Qué, papá? — Cuando lo llamó por ese nombre, sentí mi impaciencia aumentar exponencialmente. Odiaba lo fácilmente que Luisa había aceptado a Alec Egorov como su padre biológico.
Pero que eso. Quería que mi maldito suegro ardiera en el fuego del infiern