— No olvides que mi padre está aquí. — Señalé sintiendo mis mejillas arder como brasa cuando sentí una mirada pesada sobre mí después de que Dominic me diera de comer. Y no necesitaba prestar mucha atención a mi alrededor o mirar al otro lado de la mesa para saber que Alec me estaba mirando. — Y puedo comer sola. — Afirmé con terquedad, sin dar el brazo a torcer.
Bueno, al menos con una de las manos podía.
— No seas testaruda, Luisa. — Me dijo en tono suave, pero resolutivo sobre la cuestión. —