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Nada – ni darme una zancadilla, ni casi ahogarme o drogarme con afrodisíaco – podía superar lo que había hecho hoy.

La manera en que se atrevió a infiltrarse en este maldito lugar había sido más que pésima.

Respiré profundamente cuando sentí mi corazón acelerarse de rabia.

Solo había dos malditas posibilidades.

O alguien reconocería a Isabella y Celma y las dos quedarían con fama de ser putas por venir a un prostíbulo. O nadie las reconocería y yo quedaría con fama de cornuda por el desc
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