Cuando salí de la habitación de Alice, no veía con claridad.
No por confusión.
Por claridad.
De esa claridad que quema.
Las palabras de Lily resonaban en mi cabeza con brutal precisión.
Mandaron a todos a casa.
Sabían que estaba enferma.
Se aseguraron de que me partiera en dos todo el día.
Y esa marca en su mejilla... no me la había imaginado. Conocía la mano de mi madre.
Controlada. Precisa. Punitiva.
Tenía la mandíbula tan tensa que me dolía.
Al principio, caminé despacio por el pasillo. Con