“Está a solo cuarenta minutos de aquí,” dijo el dueño de la bodega, mirando la dirección en la tarjeta. “Conozco ese camino. Hay un hogar de cuidado por ahí. He pasado por ahí cien veces.”
Rosalind todavía sostenía la fotografía, el pulgar descansando sobre el borde como temiendo que se le escapara