—Deberías haberlo visto—, exclamo, todavía furiosa al día siguiente. —Sonriéndome con esa sonrisa engreída. Se lo habría arrancado de la cara a puñetazos si no fuera el mejor amigo de mi hermano.
—Y, ya sabes, el hecho de que probablemente pueda enfrentarte a una pelea—, dice mi amiga y socia comercial Quinn, sonriendo debajo de su corte de duendecillo decolorado y puntiagudo.
—No sé sobre eso. Yo peleo con rudeza—, agrego. —Codos y uñas, cariño.
Ella ríe. —No lo dudo. Te vi llegar al principio