Después de otra semana de extrañar tanto a Austin que me duele, de enviar cincuenta y ocho solicitudes de empleo y de terminar cada proyecto de tejido a medio hacer en mi canasta, abro la puerta a Milo y Millie, con rostros tan solemnes como un cuadro gótico americano, sólo que con un vigila bebés en lugar de una horca.
—Esto es una intervención—, dice Millie.
—¿Por qué? ¡Estoy bien! — Hago un gesto con orgullo hacia mi apartamento, tan impecable que prácticamente brilla. No hay un nido con man