Al final del día, terminé el borrador de un documento que le prometí a Greg, mi socio menos favorito. Le envió un correo electrónico, pero él responde, llamándome a su oficina, donde lo encuentro con un cliente, un hombre de cincuenta y tantos años, bronceado con spray del color de una mandarina. Lleva un cuello abierto con el brillo del collar de oro asomando.
—Hola—, le ofrezco, parpadeando ante el vello del pecho que se muestra.
—Jenn—, dice Greg. —Me gustaría presentarles a nuestro clien