Para mi sorpresa, mi actuación despiadada en la cancha parece haber ganado a Zora. O al menos la descongeló un par de grados. Se pasa la comida conversando conmigo sobre sus propias aventuras deportivas y haciéndome preguntas sobre mis ambiciones de maquillaje y mi trabajo en la tienda.
―Suena como el tiempo que tuve en mis días de anfitriona―, comenta, después de contar algunas historias sobre mis clientes habituales. ―¡La gente que conoceríamos! Por supuesto, probablemente no estés evitando