Amarillis
No sabía que era posible, pero llegué a la primera.
El dolor era exquisito, ardiente, rápido y pesado, mientras él me arrebataba la inocencia. Mi cuerpo luchaba por aguantar a un hombre de su tamaño, la agonía irradiaba profundamente dentro y fuera de mi vagina, pero no se comparaba con el placer que me arrollaba a su paso.
Brillantes estrellas blancas titilaban tras mis párpados, el éxtasis me recorría el cuerpo. Los dedos de mis pies se curvaron y mis manos se hundieron en la hierba