Mundo ficciónIniciar sesiónRey Lykos
La sangre nunca sale completamente de la piedra, lo sé porque he pasado trescientos años mirando las mismas losas del gran salón del palacio de Lycanbyss, donde la sangre de mi padre se derramó como un río carmesí aquella noche. Los sirvientes fregaron durante semanas. Usaron cada solución conocida, cada hechizo de limpieza, cada ritual de purificación. Pero yo aún la veo, especialmente en las noches como esta, cuando la luna se filtra por los ventanales y la piedra parece "brillar" con ese tono plateado que nunca desaparece del todo. -Majestad.–La voz de Theron, mi Beta y único amigo real en este maldito reino, me arranca de mis pensamientos. Está parado en el umbral de mi estudio privado, sus ojos azul oscuro estudiándome con esa mezcla de preocupación y exasperación que ha perfeccionado durante los últimos doscientos años– -¿Qué?.— Mi voz sale más cortante de lo que pretendía– -El Consejo pregunta si asistirás a la sesión de mañana. Hay asuntos que requieren tu atención. -Que lo manejen ellos. Para eso les pago– –Lykos. -Rey Lykos.—Lo corrijo, aunque ambos sabemos que es una farsa. Theron me ha visto vomitar después de batallas, él y Hunter, mi delta, me han cargado cuando he estado demasiado borracho para caminar, me han sostenido cuando los recuerdos amenazan con destrozarme. Las formalidades entre nosotros son solo teatro para el resto del mundo. Suspira, acercándose para servirse whisky de la licorera en mi escritorio sin pedir permiso. Otra libertad que solo tiene– -¿Estás pensando en ella de nuevo?. -No sé de qué hablas. -En tu madre. Siempre te pones así cuando piensas en ella. Oscuro. Amargado. Más insoportable de lo usual.– Le lanzo una mirada asesina, pero se limita a beber tranquilamente. Tiene razón, siempre la tiene el maldito. Mi mente se va a ese momento. Otra vez, es como una maldita droga que mi alma necesita para recordar que el amor no existe, que es una bazofia. [Flashback, parte 1 ] Tengo veintitrés años y el mundo aún tiene sentido. Camino por los pasillos del palacio buscando a mi madre. Necesito su consejo sobre un tratado con la Manada del Norte. Ella siempre sabe qué decir, cómo navegar las aguas turbias de la política. Su risa me guía, suave. Musical. La misma risa que me arrullaba cuando era cachorro. Pero hay algo extraño en ella ahora, algo... íntimo. Me detengo frente a la puerta de sus aposentos privados. Está entreabierta, debería anunciarme. Tocar. Esperar permiso, pero algo me detiene. La voz de un hombre que no es mi padre. -No puedo seguir así.—Dice mi madre, su voz ahora quebrada—,me está matando estar lejos de ti– -Entonces ven conmigo.—Responde él. Una voz que reconozco. Ravyn. El Alfa de la Manada Sombría del Este. Un aliado. Un amigo de la familia. Un traidor– -¿Y mi familia? ¿Mi hijo?. -Mi reina, escúchame.—Hay urgencia en su voz—,eres mi pareja destinada. No tu esposo. No importa cuánto lo ames, el lazo entre nosotros es más fuerte. Es voluntad de Selene.–Empujo la puerta, los encuentro juntos. Su mano en la mejilla de ella. Sus ojos cerrados, inclinándose hacia él– -¿Madre?.— Mi voz suena pequeña. Rota, como cuando era un niño. Ella se aparta de él como si la hubieran quemado. Sus ojos, esos ojos verdes grisaceos que heredé. Se llenan de lágrimas– -Lykos.. yo... -¿Cuánto tiempo?.— Las palabras salen como cuchillas—.¿Cuánto tiempo has estado traicionando a padre?. -¡No es traición!.—Grita, y hay desesperación real en su voz—.¡Es el destino! El lazo de mates no es algo que elegimos. Es... -¡¿ES QUÉ?!.—Ruge, mi lobo peleando por salir—.¿Una excusa para destruir todo lo que padre construyó? ¿Para destrozar nuestra familia?. -No lo entiendes.—Solloza—.El dolor de estar lejos de tu pareja destinada... es insoportable. Como si te arrancaran el alma lentamente. Tu padre es un buen hombre, lo amo a mí manera, pero Ravyn... él es... -Sal de aquí.—Le digo a Ravyn, mi voz está clmo siento. Letal, loco por arrancarle la puta garganta —Antes de que olvide que eres un invitado y te arranque la cabeza. –Ravyn mira a mi madre. Ella asiente, llorando. Él se va y yo me quedo mirando a la mujer que creía conocer– No se lo diré a padre.–Le digo—.Pero esto termina ahora. -Lykos por favor... -¡AHORA!.–Sale corriendo, sollozando. No sabía que sería la última vez que la vería como mi madre... porque tres noches después... se fue. Dejando el alma de mi padre y la mía destrozada. *** El palacio está en caos. Mi madre ha desaparecido. Su habitación está vacía. Sus pertenencias personales, llevadas, una carta sobre la almohada de mi padre, lo observo leerla. Veo cómo el color drena de su rostro. Cómo sus manos empiezan a temblar– -Se fue.— susurra—, con él. Con Ravyn.–Algo en su voz se quiebra. -Padre... -Dice que no tiene opción. Que el lazo la está matando. Que Selene misma la castiga por resistirse.— Arruga la carta en su puño—Dice que me ama. Que te ama. Pero que debe seguir su destino.–Mi padre, el gran Rey Lycus, conquistador de tierras, unificador de manadas, se desmorona frente a mí. Y yo no puedo hacer nada excepto observar– -La traeré de vuelta.–Prometo—Iré y... -No.—Su voz es firme de repente—.Si es su elección, debemos respetarla. -¿RESPETARLA? ¡Te traicionó!. -El lazo de mates es sagrado, Lykos. No podemos luchar contra la voluntad de Selene.–Lo miro como si no lo conociera– -¿Entonces eres un cobarde?, ¿se la vas a dejar por un estúpido lazo de mates?.–Salió de la habitación sin responder, sin yo saber que esa era la última conversación real que tuve con él porque a un mes después él seguía encerrado en su habitación y Ravyn vino por su reino también. Una guerra que llegó sin advertencia, una noche, estamos en paz y a la siguiente, las fronteras arden. Ravyn Nocturne, con mi madre a su lado, reclama que Lycanbyss le pertenece por derecho. Que al tomar a la Reina como mate, tiene derecho al trono– ‐¡Es una locura!.–Grito cuando mi padre dice que tiene razón– -Y tiene aliados. Manadas que creen que el lazo de mates está por encima de todo. Que Selene ha hablado.–Mi padre intenta negociar, Ravyn exige su rendición. La guerra inicia llena de sangre. Fuego. Muerte. Veo a amigos caer. A familias destruidas. A cachorros huérfanos. Todo porque mi madre no pudo resistirse a un maldito lazo.






