El cementerio era gris.
Esa mañana había llovido, dejando la hierba húmeda y el aire pesado. El cielo era del color de un viejo hormigón, que presionaba la ladera donde los dolientes se habían reunido con su ropa oscura y sus voces tranquilas.
Marcus Hale se encontraba al borde de la tumba.
Su rostro estaba vacío. Sus ojos estaban rojos, no por el llanto sino por la falta de sueño. No había dormido desde que murió su hija. No había comido. No había hecho nada más que sentarse en su apartamento,