Cuatro horas más tarde, en la recepción del hotel, Mitch intentaba contener la risa mientras veía el ojo morado de Charlie que obviamente le había hecho Faith.
—¡Es que ni te voy a preguntar de dónde salió ese puñetazo! Pero ¿te lo merecías? —preguntó.
—Sí, supongo que sí.
—Pues entonces supéralo