—¡Oye, mis ojos están aquí arriba! —bromeó Karim acercándose a ella.
Dejó la pala y el hoyo que estaba haciendo a un lado y se inclinó frente a la muchacha para quedar a la altura de sus ojos. Le encantaba que fuera una pequeña fiera y que supiera defenderse. Y le encantaba la forma en que no podía