—¡Oh, resulta que malinterpreté a la princesa, lo siento mucho!— dijo Diego disculpándose, aunque en su rostro no se veía ni un ápice de arrepentimiento.
Sin embargo, la princesa Dilia sonrió y continuó con un tono juguetón.
—No importa, señor García, no te culpo, simplemente no me conoces. Cuando nos conozcamos mejor, entenderás cómo soy y no me malinterpretarás.
Su sonrisa era radiante, pero Diego solo respondió con un “Oh” y no dijo nada más.
El silencio continuó entre ambos, mientras Dilia s