Hace un momento, Diego se negaba a abrir los ojos o hablar, pero cuando le apretó la muñeca, lo hizo con una fuerza sorprendente.
Incluso cuando llegó el médico de la familia, Diego no quiso abrir los ojos y permaneció acurrucado en la manta.
Laura, al escuchar a Diego hablar con ese tono que rara vez usaba, sintió una calidez en lo más profundo de su corazón. Apretó la mano de Diego y lo consoló suavemente.
—Diego, no me voy— dijo Laura, metiendo cuidadosamente su mano debajo de la manta. —