176. Debo conocer a esa mujer.
Al otro lado de la ciudad, en una clínica privada, exclusiva y discreta, Davin estaba sentado en una sala de reconocimiento, con una expresión muy inusual. Su rostro, normalmente frío y lleno de seguridad, ahora parecía ligeramente inquieto.
Ante él, estaba sentado un hombre de unos cuarenta años, que vestía una bata blanca de médico. Aquel hombre se llamaba Doctor Lucky, el único médico en quien Davin confiaba para tratar su condición de prosopagnosia. El Doctor Lucky ya llevaba años tratando