El claro parece pequeño ante la presencia de la criatura poseída por Baalberith. Sus garras negras reflejan la luz de la luna, el acre olor a azufre llena el aire, opacando el natural del bosque, casi sofocante.
Pedro jadea, apretando el gatillo de su arma sin parar, pero las balas de plata son inútiles. Siente el sudor correr por su frente, su cuerpo temblando con cada paso que el demonio da en su dirección mientras él se arrastra sobre la nieve, intentando mantener la mayor distancia posible.