Al bajarse en el estacionamiento del hotel, Franco estaba echando humo por las orejas y sintió, al salir del carro, que acababa de salir de una olla a presión, pero cuando vio las piernas de Estefanía, en el momento en que tuvo la delicadeza de acercarse para abrir la puerta de su asistente, volvió a escuchar un pitido en la cabeza, como si toda la sangre de su cuerpo estuviera en el punto de cocción perfecto para tomar a la joven por la cintura, apretarla contra su cuerpo y comérsele los labio