En el momento en que nuestros ojos se encontraron, jadeé de horror.
Estaba segurade que lo que ví, no debía de haberlo visto nunca. Sus ojos me lo confirmaban. Esosojos verdes que de principio me cautivaron como una polilla yendo haciala luz, ahora me hacían estremecer de miedo.
Mis piernas empezaron a trabajar antes que mi mente porque, de repente, estaba corriendo por el miedo. Sentí un hormigueo en las extremidades y mi corazón latía tan rápido que en realidad me dolía. Ni siquiera respiraba