La primera vez que me di cuenta de que tenía miedo de volverme innecesaria, no fue dramático.
Era un martes.
El cielo era del color del acero sin pulir, de esos que hacen que los edificios parezcan más blandos de lo que son. Los ascensores zumbaban a su ritmo habitual. El tablero del sistema en mi pantalla periférica ejecutó su diagnóstico silencioso sin indicarme que interviniera. Sin pulsos rojos. No hay señales de vacilación de color ámbar.
Verde.
Todo verde.
Y nadie dijo mi nombre.
De