El pasillo del hospital olía fuertemente a antiséptico.
Las brillantes luces blancas se reflejaban en el suelo pulido, haciendo que el pasillo pareciera más frío de lo habitual.
Annie estaba sentada fuera de la sala de urgencias, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que se le habían entumecido los dedos.
La luz roja de emergencia sobre la puerta todavía estaba encendida.
En el interior, los médicos luchaban por estabilizar a Nathan.
Cada segundo que pasaba parecía una eternidad.
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