Annie paseaba por su pequeña oficina, con los papeles de su abogado esparcidos sobre el escritorio como un campo de batalla. Sus dedos tamborilearon con impaciencia mientras miraba el teléfono. Una mano agarraba un bolígrafo y la otra descansaba en el borde de la mesa, con los nudillos blancos.
Ochenta millones. Ese número seguía resonando en su mente.
¿Ochenta millones sólo porque me negué a trabajar con él? ella pensó. Increíble.
Leah, sentada cerca, frunció el ceño y se mordió el labio in