Arya no puede dejar de llorar. Ayden ya le había llamado codiciosa, interesada y no pensaba pedirle más. Suficiente humillación había tenido ya en su vida.
—¡Para mañana! ¡¿Oíste?! —advierte su hermano y luego cuelga.
La joven doctora se levanta del sofá con las manos temblorosas, el rostro manchado de lágrimas y la boca seca.
Toma su maleta, su bolsa de la farmacia y su móvil. Camina hasta su recámara, intenta recomponerse, debe hacerse la prueba lo antes posible. Porque si no está embarazad