Emma
Salgo del coche exhausta y completamente agotada. Los tacones me estaban matando, y no había nada que deseara más que quitármelos y desplomarme en el sofá o en mi cama.
Hoy fue mi primer día de trabajo y, créeme, fue una locura. Había olvidado lo que implicaba ser abogada. Había olvidado lo frenético que era. Las incontables horas de pie o sentada, enterrada entre montañas de documentos que revisar.
La mayor parte del tiempo, repasaba los casos de mis clientes y examinaba pruebas, y para