Abro los ojos y me encuentro en el salón, con las manos atadas al respaldo de una silla.
“Ahh, estás despierta. Me preguntaba cuánto tardarías en despertarte, después de todo, prefiero tener a mis víctimas conscientes cuando las mato”, la voz del hombre me produce escalofríos.
Dobló la esquina y pude verlo. Al menos parte de él, ya que tenía la cara cubierta. Era un hombre grande y corpulento. Solo sus brazos parecían capaces de aplastar la cabeza de una persona. Gritaba peligro y no porque y