Muevo y retuerzo mis manos mientras espero que mi terapeuta termine con el paciente que está. Tengo tantas ganas de huir, pero eso solo me haría ver como una cobarde. Ya estaba cansada de serlo.
Mi teléfono suena, sacándome de mis pensamientos. Suspiro aliviada, tan agradecida y feliz por la interrupción. Sin siquiera fijarme en el identificador de llamadas, toco la pantalla y acepto la llamada.
"¿Ya estás ahí?", su voz llega a través del teléfono.
No tengo que adivinar quién es. Su voz está