Me despierto con la luz del sol filtrándose por las cortinas, y al voltear, me doy cuenta de que Edward ya no está en la cama. Me estiro, dejando que mis músculos se despierten lentamente, y escucho el suave clic de las teclas en la computadora. Me levanto y, al acercarme a la sala, lo veo sentado en la mesa del comedor, absorto en la pantalla.
Me acerco con sigilo, apoyando las manos en sus hombros mientras le doy un beso en la mejilla.
—¿Qué haces tan temprano? —le susurro, todavía con voz