Albert Ravell se quedó en silencio, mirando a la mujer que lloraba a mares en la esquina. Pensó que ella era fuerte, pero estaba muy equivocado. Definitivamente tuvo momentos en los que se derrumbó, llorando mucho, cediendo a sentimientos de soledad e impotencia.
Su corazón se sentía apretado en su pecho. Cómo deseaba poder soltarla, sostenerla en sus brazos, sentir su dolor y nunca dejarla ir. Pero él no era el que ella quería. Nunca antes había envidiado a nadie, pero ahora anhelaba ser aquel