Escuché la puerta de mi cuarto abriéndose. Mi madre entró. Se sentó a mi lado con una suave sonrisa de oreja a oreja, nadie había dicho nada. Rápidamente, sequé la lágrima con mi mano.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo —me dijo con su tono de amabilidad—, las personas pueden explotar de vez en cuando.
—Si lo hago, me veré cómo un imbécil —ella se río, suspiré viendo al techo—, ¿están decepcionados de mí?
No le había querido preguntar a ellos. Por eso quería siempre evitar el tema, porque