El jefe de la policía se quedó mirando fijamente al empresario. Vio su rostro congestionado y el labio tembloroso, signo inequívoco de que el hombre estaba muy enojado. El comisario Brown conocía muy bien al hombre que tenía sentado delante.
Sopesó con cuidado sus opciones, ya no era un hombre joven y no podía dar un paso en falso, bastaba que cometiera un error grave para quedar cesante y sin paga ni arreglo por los años servidos.
Pero tampoco podía dejar de apoyar a Reynolds. Ambos compartían