Con la cabeza agachada, la mirada glaseada siguió los pasos del hombre de traje monocromático, quien caminaba con elegancia y seriedad por los pasillos de la mansión, rumbo a la zona subterránea. En silencio, Imelda esperaba lo peor.
–Permita el acceso –señalo la puerta de seguridad.
–Señor Lundvik. No es necesario esto. Créame. Usted fue de mucha ayuda en su tiempo pero ahora…
–Desde cuando un agente en servicio superior tiene permitido llamarme por mi apellido.
–Lo siento señor Gabriel. S