Íker Denaro
—No lo vuelvas a decir —imploré—. No digas eso jamás; nosotros no somos un error, en ningún momento. —La cubrí con mis brazos, no la dejé ir, aunque sabía que tendría que hacerlo ahora o en un rato más—. Por favor, solo hablemos.
—Está bien, me quedo, solo al desayuno —respondió sin mirarme a los ojos—; pero, por favor, suéltame.
La dejé ir y, mientras terminaba de vestirme, mi móvil sonó. Contesté de inmediato; mi padre, por primera vez en años, estaba gritándome al otro lado de la