El sol de la tarde comenzaba a inclinarse sobre el suelo del salón para cuando terminaron de recoger los últimos restos del arroz frito. Derek se acomodó en el enorme sofá gris carbón, sintiendo cómo el peso del día —y de los cócteles— se le metía en los huesos.
Olivia había desaparecido para refrescarse un momento, y cuando regresó, había cambiado la seda por unos pantaloncitos cortos de mezclilla y una camiseta gigante de estilo vintage que la tragaba por completo. Su pelo seguía recogido en