De la misma manera que la vida podía ser toda felicidad, también lo era tristeza, dolor y traición aunque la traición ya se hubiera producido. Porque cuando se trata de dolor, la traición y el rencor no siempre son suficientes, no saben cómo satisfacer un corazón.
—Toma—, dijo Edmund, ofreciéndole un té.
Judith se limitó a mirarlo. —Gracias.
—¿Cómo te sientes?
—N-no lo sé… no lo sé—, expresó. —Solo pienso en este dolor y… quiero… yo.
—¡Shh! ¡Para! No tienes que decir nada, no si no lo quieres a